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CINCO MINUTOS Y MEDIO

Cinco minutos y medio, una propuesta al jugador práctico

5 MINUTOS Y ½: UNA PROPUESTA PARA EL JUGADOR PRÁCTICO

1. LAS ESPERANZAS Y OBLIGACIONES DEL COMPOSITOR

¿Un escritor debería jactarse de que su libro es abandonado en la página quince? ¿Un cineasta se complacería de que abandonan la sala a mitad de la proyección? Me cuesta imaginar a una dramaturga feliz de que le arrojen tomates al finalizar el primer acto, incluso si fuese vegetariana. Un compositor debe entonces sentirse desdichado si un ajedrecista abandona prematuramente su final artístico. Por el contrario, debe sentirse elogiado si el ajedrecista lo acompaña hasta la jugada final.
La idea del compositor como un espíritu malicioso que busca confundir al ajedrecista es la estampa funesta que condenó a la composición a una suerte de lánguido ostracismo. El compositor no compite contra el ajedrecista., Su trabajo, su esperanza, es exactamente la opuesta: ofrecer una posición interesante para analizar, fraguar un coliseo para que, en todo caso, el ajedrecista compita contra sí mismo.

2. EL MEDIO MINUTO

“En el altar del juego práctico es donde el compositor debe hacer sus ofrendas”. Es por eso que me atrevo a decir que el compositor tiene muchas obligaciones y un solo derecho. Él único derecho razonable que puede exigir un compositor es que se le dedique un mínimo de tiempo a la posición inicial antes de que se lea la solución.

Ver la solución del final sin antes haberle dado una mínima oportunidad es un hábito destructivo del que el ajedrecista no sacará ninguna ventaja y el compositor ni un ápice de justicia.

Insisto: mínimo de tiempo. Cómo mucho, medio minuto para empezar. En medio minuto cualquier ajedrecista se dará cuanta si la posición le resulta agradable o desagradable a sus ojos.
Si la posición inicial le resulta desagradable, mi consejo -no es más que un consejo, pero es uno muy enfático- es que siga de largo. No pierda el tiempo con algo que no le parece atractivo. Trabajar con una posición inicial desagradable es como pensar mientras nos abofetean la cara o nos estrellas platillos contra los oídos.

Si ese día tenia ganas de trabajar con finales, pase al siguiente diagrama, y después a otro, hasta que alguna posición le resulte interesante.

EL COCINERO ASESINO

Las similitudes estructurales entre los finales artísticos y los relatos policiales permiten analogías y metáforas capaces de enriquecer la propuesta del medio minuto.

Cuando hablo de la importancia de los primeros 30 segundos, defiendo el valor de las primeras impresiones. Todo detective, así como todo enamorado sabe de la importancia de las primeras impresiones.

Y un ajedrecista es siempre un detective, y un ajedrecista es siempre un enamorado.
Pongamos que el estudio o problema es un cuento policial. Usted tiene todo el derecho el mundo a indignarse si el cocinero es el asesino, pero es una verdad inapelable que, para indignarse porque el cocinero es el asesino, primero hay que indignarse con el cocinero. Por más negligente que sea su crimen, por más miserable que sea el filo de su cuchillo, hay que darle unos segundos a ese cocinero para que se ajuste su delantal manchado y se entierre en su sombrero blanco. Medio minuto (¡el único derecho del compositor!). Y si usted le ve cara de tonto al cocinero y su corazón le dice que ese hombre es incapaz de asesinar con estilo, entonces puede ver la solución del final artístico, es decir, ir a la última página de la cuento y mofarse porque a nuestro cocinero lo atraparon por haber dejado las huellas dactilares en el marco de la ventana o llevar puesto el anillo de la víctima.

3. LOS CINCO MINUTOS

A pesar de mi reciente apología del medio minuto, no puede hacerse ninguna valoración seria en apenas 30 segundos. Sólo pueden evitarse posiciones desagradables, que es un primer paso muy importante, pero no decisivo. Para valorar realmente una posición inicial, se necesita un poco más de tiempo, digamos, unos cinco minutos.
Oscar Wilde dijo “no hay que beber todo el tonel para saber la calidad del vino”. Es un dictamen justo, pero treinta segundos no alcanzan para tomar ni una gota, aunque si nos alcanzan, por ejemplo, para saber si estamos frente a un vino en botella o un vino en cartón.

Ningún defensor honesto del elixir de las uvas dirá que un vino en cartón es bueno, y por eso aconsejé enfáticamente no trabajar con posiciones iniciales desagradables. Pero que un vino esté embotellado no significa que sea de calidad. Habrá que sacar una copa y dar al menos unos sorbos para tener una mejor idea del tonel.

Acá viene mi propuesta concreta: si la posición inicial le resultó interesante, tómese unos minutos, como máximo cinco, para compenetrarse con la posición. Es importante en esos primeros cinco minutos no pretender resolver la composición. Esos cinco minutos son explorar y tropezar con las coordenadas del enigma planteado por el compositor. Es asombroso lo que una posición puede revelar en sólo cinco minutos: se apreciará mejor la conformación material y el balance o desbalance de los ejércitos, los finales derivados, florecerán algunas casillas claves y algunas maniobras premonitorias, así como se advertirá si el final tiene un registro más técnico o más agudo. El ajedrecística tendrá una idea aproximada de la envergadura del final y cuánto tiempo de trabajo le resultará zambullirse en sus aguas. Habrá un mapa, un esbozo de un mapa, y esto será de una ayuda inapreciable a la hora de analizar el final.

Por supuesto, la decepción está al acecho. Una posición que los primeros treinta segundos parecía agradable puede derrumbarse en esos próximos cinco minutos. También vale lo contrario: una posición que parecía sólo aceptable puede volverse prometedora, y empezar a susurrar un hechizo entre la danza invisible de sus primeras variantes y colisiones.

Después de esos tres o cinco minutos, el ajedrecista ya se habrá adentrado en la posición inicial, y está tanto en mejores condiciones de afrontarlo o de abandonarlo. Pero si lo abandona después de haberlo pensado esos cinco minutos, ya habrán ganado algo las dos partes. Por el lado del jugador, es infinitamente más edificante ver la solución de un problema que ya ha sido pensado, y por el lado del compositor, será más justa la valoración artística que el ajedrecista haga de su final.

EL JUEGO DE LA GENERALA

Para ilustrar mejor mi defensa de los primeros treinta segundos, hablé de un cocinero asesino. Para defender mi tesis de los cinco minutos, voy a hablar de un juego que se parece a la solución de un final artístico y no, no es un rompecabezas: es la generala.La generala se parece a la solución de un final artístico porque, fijado un número, la solución es única. Pero si bien la solución del final admite ser pensada como una generala, en ningún lugar está escrito que se trata de una generala servida.
Vuelvo a la idea inicial: mirar la solución de un final sin haberse enfrentado antes al enigma es un hábito tan destructivo para el ajedrecista como para el compositor. Uno puede ver una solución con muchas variantes o golpes de efecto y decir: ¡Esto es inverosímil, imposible de resolver! Pero si nos tomamos esos cinco minutos para adentrarnos en el territorio del final, vemos que la misma dialéctica del problema hace ver natural lo que de otra manera parece arbitrario.

Según la complejidad del final, podemos pensar en una generala con más o menos de seis dados, con dados de más o menos de seis caras. Pero esa generala está pensada para irse construyendo de forma gradual, a veces sumamos un dado, ninguno, o dos dados. Ahí está en juego la habilidad del compositor, que deberá tener la destreza de proponer una situación lo suficiente enigmática y atrapante para que el ajedrecista no se rinda y siga tirando el cubilete una vez más.

4. APOLOGÍA DE LA POSICIÓN INICIAL

Las ideas antes expuestas tienen implícita una apología rabiosa de la posición inicial.
La posición inicial es una conjunción de su fotografía -la que será juzgada en el despiadado primer minuto- y de las ideas combinativas y estratégicas que se derivan de esa fotografía -lo que será juzgado en los cinco minutos posteriores-.

La posición inicial es tan importante como la sumatoria de todos los demás elementos del final artístico. Está afirmación parece temeraria, pero tiene sus bases. El primer lugar, la posición inicial es el primer contacto que tiene el jugador con el final artístico. La primera cita es importante, así como la primera ojeada a la escena del crimen -Todo ajedrecista es un detective, todo ajedrecista es un enamorado- En segundo lugar la posición inicial es la que permanecerá fija en el tablero mientras se analiza el final artístico. Si la posición está bien compuesta, es menos probable que el jugador se vea tentado a abandonarla. Por último, y no menos importante, la posición inicial sería algo como la cédula de identidad de la composición. Si uno quiere compartir o rastrear un final, tiene que buscar su posición inicial hasta encontrarlo.

Si después de esos cinco minutos y medio, el jugador concluye que la posición inicial es interesante -vale la pena recordar que la posición inicial es una conjunción de su fotografía y de las ideas combinativas que se derivan de ella- no puede garantizar que la composición será satisfactoria en su conjunto, pero tendrá un mejor criterio para decidir si apuesta o no su tiempo a ese final en particular.Si la posición inicial le resulta placentera y esas primeras ideas que brotan de ellas le resultan interesantes, el ajedrecista puede sentirse que está en buenas manos, ya que la posición donde el compositor tiene un mínimo de control o capacidad de intervención, y, por lo tanto, donde debe hacer gala de su capacidad artística y técnica*.*
Componer comenzando desde la posición final es un mal hábito, pero hacerlo desde la posición inicial es matemáticamente absurdo. Al diseñar una posición inicial compositor está anudado y hasta encarcelado por los acontecimientos posteriores, y por eso, de las muchas y complicadas fases de la composición de un final artístico, es la que más se asemeja a un truco de magia: el compositor deberá salir de la jaula sin la llave, y desatarse las manos sin romper la soga.

5. PALABRAS FINALES

Creo que esta propuesta concreta de cinco minutos y medio en total sería un buen hábito que permite al ajedrecista aprovechar mejor su tiempo -en cantidad y también en calidad-y al compositor recibir un juicio más justo de sus obras.

(Esto, de ninguna manera, excluye la subjetividad ni del compositor ni del jugador, ya que lo que resulta interesante o bonito para uno, puede ser desagradable o tedioso para otro)
El compositor debe tener presente que el ajedrecista investiga teoría de aperturas, lee libros, hace ejercicios de táctica, estudia finales prácticos, y, además, ¡jugar torneos! No dispone de mucho tiempo para trabajar con finales artísticos. Por otro lado, la composición de un final artístico lleva días, meses, incluso años de trabajo -Lo digo por testimonio propio y de otros compositores- Poniendo estas dos verdades en la balanza, me parece que el redondeo en cinco minutos y medio es un punto de intersección coherente, un trato justo para ambas partes.

De esta manera, el compositor recibirá un veredicto más justo de su trabajo y el ajedrecista evitará pérdidas de tiempo y sorpresas desagradables, así como disfrutará los descubrimientos gratificantes y los tesoros que el mundo de la composición reserva para él y sólo para él.